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  1. La Trinidad en el Nuevo Testamento

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    La doctrina de la Trinidad, afirmando que hay un solo Dios, pero en la unidad de la divina esencia hay tres personas co-eternas e iguales en todo, de la misma sustancia, pero distintas en la subsistencia, ha sido una de las doctrinas más polémicas, debatidas y controvertidas en la historia de la Iglesia cristiana. Y el punto más conflictivo del cristianismo tanto con el judaísmo como con el Islam.

    Desde que Tertuliano utilizara por primera vez el término en el año 215, la disputa sobre la Trinidad ha sido encarnizada y cuestionada sin interrupción, tanto por Gnosticos, Arrianos y otros grupos en los primeros siglos, como por los Testigos de Jehová y Unitarios en nuestros días. A ella se dedicaron concilios enteros, como los de Nicea (325), Constantinopla (381), Calcedonia (451); dando origen a los grandes Credos.

    El problema surge del hecho que ni el término ni la doctrina aparecen de manera explícita en las páginas del Nuevo Testamento. Aunque se da por supuesto que estaba implícita en la fe y las formas de adoración de los primeros cristianos, siendo objeto de formulación teológica posterior. Lo que da pie a que sus opositores concluyan que se trata de una doctrina meramente especulativa, sin base bíblica y por tanto no esencial al mensaje cristiano. Más información
  2. El Espíritu Santo en la tradición sinóptica

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    ¿Por qué se habla tan poco del Espíritu en la vida del fundador del cristianismo, una de cuyas creencias más características era que sus miembros se convertían en poseedores, en un sentido único, del Espíritu de Dios? ¿Por qué los Evangelios sinópticos mencionan tan poco del Espíritu Santo, cuando los cristianos de la primera generación creían que ellos mismos estaban viviendo bajo la inmediata dirección del Espíritu de Dios, y la primitiva Iglesia –según nos la pintan los Hechos de los Apóstoles y otros libros de tradiciones no sinópticas— era decididamente pneumática?

    Apenas hay un capítulo del libro de los Hechos en donde no se represente al Espíritu en acción. Todo momento crítico en la historia de la Iglesia, tal como allí se describe, se convierte en escenario de la intervención del Espíritu. ¿De dónde sacó la Iglesia sus nociones acerca del Espíritu y su certeza de que estaba inspirada? Algunos teólogos de comienzos del Siglo XX dieron a este enigma, respuestas muy radicales.

    Hans Windisch (1881-1935), en su obra Jesus und der Geist nach synoptischer Überlieferung afirma que puede demostrarse que las palabras de los Evangelios que se refieren al Espíritu, no son auténticas, sino todas ellas inserciones posteriores que se deben a la actividad redaccional.

    Hans Leisegang (1890-1951), va todavía más lejos. En su famosa obra Pneuma Hagion, no duda en afirmar que el concepto sobre el Espíritu de la Iglesia Primitiva tiene su origen en el misticismo griego, en mitos y especulaciones que se añadieron a la enseñanza de Jesús, “elementos extraños a los Evangelios sinópticos, que se deslizaron del pensamiento y de la creencia helenísticos a las narraciones de los hechos y palabras del Salvador”.

    K. Barrett sale al paso de estos radicalismos y niega que los rasgos pneumatológicos que puedan hallarse en los Sinópticos sean atribuibles a influencias helenistas. En su opinión, Leisegang y Windisch, se equivocaron creyendo que la doctrina del Espíritu es de las que se pueden desgajar y tratar por separado, y pasaron por alto la enseñanza escatológica de Jesús, que es la pista clave para aclarar el misterio.

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  3. 02. Curso de Formación Teológica Evangélica: Un Dios en Tres Personas

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    El primer volumen de este curso se ocupa de presentar la Teología como Ciencia, analizando las distintas fuentes que nos dan acceso al conocimiento de Dios. Este segundo volumen se centra en lo que se conoce como Teología propia, es decir, lo que es Dios en Sí y lo que es Dios en relación a su Obra.

    Profundizar en ello es de primerísima importancia para la fe evangélica, ya que nuestros conceptos sobre la naturaleza de Dios y sus atributos influyen decisivamente en las ideas sobre las que asentamos nuestra estructura teológica y eclesial. Más información

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