Stein, Edith

Stein, Edith
Filósofa y religiosa católica nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau, la actual Wroclaw (Polonia) el seno de un familia judía ortodoxa y practicante de origen polaco-alemán. La más pequeña de once hermanos, creció sin padre, ya que éste murió cuando Edith sólo tenía un año. A la pérdida de su padre le sigue, en plena adolescencia, la pérdida de Dios. Antes de cumplir 20 años Edith había renunciado a su fe hebrea. A los 21 años se declara absolutamente atea: “Me siento incapaz de creer en la existencia de un Dios”, escribe a su amigo el filósofo polaco Roman Ingarden.

Tras cursar psicología en la Universidad de Breslau y filosofía en Gotinga, se sintió atraída, sin llegar a la devoción, por la doctrina y el pensamiento del gran fenomenólogo alemán Edmund Husserl (1859-1938), judío de raza como ella, que por entonces agrupaba a un puñado de figuras punteras en el pensamiento filosófico posterior: Max Scheler y Martin Heidegger.

El estudio de la filosofía había llevado a Husserl, como más tarde a Edith, y otro gran número de filósofos educados en el hostil ambiente positivista, a la fe cristiana. En 1886 Husserl se convirtió a la fe evangélica y fue bautizado en la Iglesia luterana.

Atea convencida, la fenomenología de su maestro comenzó a acercarla de nuevo a Dios. En aquella época admiraba sobre todo a Adolfo Reinach, mano derecha de Husserl y más joven que éste, muerto en el campo de batalla en 1917, durante la Primea Guerra Mundial. Reinach y su esposa habían descubierto el poder del Evangelio mediante la Iglesia evangélica, en la que se hicieron bautizar en los primeros días de la guerra. A Edith Stein no le podía pasar inadvertido estas revoluciones espirituales producidas en aquellas personas que admiraba por su probidad intelectual y científica. Por entonces conoce al fenomenólogo Max Scheler, cuando éste se hallaba en lo más alto de su entusiasmo por el catolicismo.

La muerte de Reinach le privó de uno de sus pocos amigos y confidentes. Quizá por simpatía y para honrar su memoria, y por indubitable inquietud interior, Edith comenzó a leer el Nuevo Testamento, y además a un autor hasta entonces ignorado, pero cuya estrella comenzaba a alborear en la conciencia filosófica europea: el escritor danés, entre filósofo y místico, Sören Kierkegaard*. Edith lee una de sus mejores obras religiosas, Ejercitación del cristianismo, pero no acaba de convencerle. La insistencia de Kierkegaard en la soledad del hombre ante Dios, la interpretación de la fe como aventura, como salto hacia lo incierto, no le satisfacen. Para incertidumbre la suya. Edith pide certezas.

En el verano de 1921, mientras se encontraba pasando de unos días de vacaciones en casa de sus amigos, los filósofos Theodor y Eduvigis Conrad-Martius en Bergzabern (Palatinado), ocurrió el “milagro”: descubre la Vida de Santa Teresa de Jesús, y en su lectura encuentra la fe que desde hacía tiempo llevaba buscando a tientas. Se instruye en la doctrina católica y al final de su catecumenado solicita el bautismo que le es administrado el 1 de enero de 1922 en la parroquia de San Martín de Bergzabern. Fue acompañada en su bautismo por la filósofa evangélica, en cuya casa había encontrado la verdad, Eduvigis Conrad-Martius. Eran dos pensadoras de rango europeo que, sin renunciar a su formación filosófica y quizás por ella, habían encontrado el camino hacia Cristo por sendas paralelas. Sus diferencias doctrinales y encontrada filiación eclesial no impidieron que ambas se encontrasen unidas por los estrechos lazos comunes de la fe y la amistad, en uno de los momentos cruciales de la iniciación cristiana, que es el bautismo. Edith, de blanco, llevaba el traje nupcial de su amiga Eduvigis, la cual, con licencia del obispo, hizo de madrina. Acto solemne y significativo en el plano ecuménico, antes del ecumenismo*.

Deseosa de entrar en el claustro, los superiores le aconsejan calma. El Vicario General del Obispado de Espira, Josef Schwind, su director espiritual, la presentó a la comunidad de dominicas de Santa Magdalena en la misma ciudad y en su Colegio permaneció durante ocho años como profesora en el gimnasio femenino y en la escuela de formación de maestras, desde 1923 a 1931.El 21 de marzo de 1931 se despidió se despidió de las dominicas de Espira con destino al Instituto Alemán de Pedagogía Científica de Münster, ya que su intento de ser nombrada asistente en Freiburgo fracasó. Sus trabajos van desde la traducción del De veritate de Tomás de Aquino hasta relacionar los sistemas de Husserl y Santo Tomás, pasando por sus conferencias sobre la vocación y el destino de la mujer, pidiendo ya entonces el acceso de la mujer al sacerdocio.

El 14 de octubre de 1933 entró en el Carmelo de Colonia, cambiando entonces su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz.

Con la llegada de Hitler al poder comenzó el principio del fin de la carrera de Edith, como la de tantos otros de su raza. Perseguida por ser judía, tuvo que renunciar a su cátedra universitaria y huir al convento holandés de Echt, para no poner en peligro a las demás religiosas. Era el 31 de diciembre de 1938. Edith entonces escribe una carta dirigida al Papa, pidiéndole una audiencia y rogándole que publique una encíclica contra el nazismo, a la que Roma no contesta. Precisamente, a este dato se agarraron los judíos del Centro Wiesenthal para protestar contra la canonización de Edith Stein, pues piensan que esta manera de proceder busca tapar el silencio de Pío XII sobre la “shoah”.

El 2 de agosto de 1942, Edith es detenida por la Gestapo en Holanda, junto a su hermana Rosa, que la había seguido en la conversión y en la vocación carmelitana. Ambas son conducidas a Auschwitz y quemadas en las cámaras de gas siete días más tarde.

Discípula de Juan de la Cruz, el otro gran carmelita, así como de Santa Teresa, Edith compuso una de sus pocas obras teológicas, La ciencia de la cruz, escrita con ocasión de la celebración del IV centenario del nacimiento de San Juan de la Cruz. En este escrito Edith Stein se plantea el problema de la contemplación infusa y de la experiencia de Dios, que identifica con la “teología mística”, y que caracteriza a la mística carmelitana:

“Esta contemplación... es algo más puro, tierno, espiritual e interior que todo el conocimiento que procede de la vida natural del espíritu y está levantado sobre todo lo temporal constituyendo un verdadero principio de la vida eterna en nosotros. No se trata tan sólo de aceptar el mensaje de la fe percibido por los oídos, ni tan sólo de un mero volverse a Dios a quien sólo conoce de oídas, sino de un toque interior de la divinidad de un percibir a Dios, que tiene fuerza suficiente para desligar el alma de todas las cosas creadas y encumbrarla, sumergiéndola al mismo tiempo en un amor cuyo objeto se desconoce” (E. Estein, La ciencia de la cruz, pp. 170-171. Dinor, San Sabastian, 1959).

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