McIntyre, David Martin

McIntyre, David Martin
Nació en una granja de Monikie, Angus (Escocia). Educado en un hogar cristiano, su vida externa concordaba con las demandas del Evangelio, pero él reconocía que no había experimentado el amor redentor de Cristo en su alma. Fue llevado a buscar a Dios intensamente, hasta que las palabras bíblicas de “cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” calaron en su corazón.

Queriendo servir al Señor marchó a Edimburgo para recibir enseñanza académica. En sus años de estudiante fue invitado por una iglesia de Londres para hacer obra evangelística, iglesia que después le llamaría al pastorado. Trabajó como evangelista en diversos puntos de Escocia e Inglaterra, con un ministerio muy bendecido. Se estableció al fin en Londres, donde pasó cinco años como pastor de una iglesia presbiteriana, especialmente activa en la obra misionera.

En 1891 fue llamado a ser ministro asociado y, posteriormente sucesor, del piadoso Andrew Bonar (v.). La Iglesia de Bonar era un foco de evangelismo y esto atraía el corazón de M. La impresión e influencia de Bonar marcaron profundamente su vida y ministerio. Allí permaneció hasta 1915, con gran bendición de Dios y favor de los fieles.

Cuando todavía era ministro en Finnieston, aceptó la invitación del Instituto de Entrenamiento Bíblico de Glasgow fundado por Moody (v.), para ocupar su puesto directivo. Dejando atrás el ministerio pastoral se dedicó de lleno a la docencia teológica. Enseñó durante más de 15 años a unos 1.000 estudiantes, la mayoría destinados a misiones extranjeras.

En 1936 se jubiló, tras cincuenta años de intenso ministerio como evangelista, pastor y profesor. Escribió numerosos libros de carácter devocional y teológico. El Senado de la ciudad de Glasgow le confirió un doctorado en teología honoris causa. Hombre de vasta erudición y mentalidad analítica, destacó como un intrépido teólogo, defensor de los valores evangélicos fundamentales; así como promotor de una piedad profunda y activa. Su aportación a la literatura espiritual es altamente apreciada y su influencia piadosa alcanzó a amplios sectores del cristianismo de su época.

Murió el 8 de marzo de 1938, pronunciando estas bellas palabras: “Aunque me siento apenado al recordar las decepciones con las que debo haber afectado al corazón de mi Redentor, sin embargo, durante casi toda mi vida, Dios ha sido el centro de mi gozo, y espero que me presentaré en el Verano Eterno con mi primer amor primaveral intacto”.

FRANCISCO RUIZ

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