Kagawa, Toyohiko

Kagawa, Toyohiko
Nació el 10 de julio en Kobe (Japón). Su padre era una figura política de alto relieve, contándose entre los hombres más poderosos del Imperio, aquellos que fundaron la Era Meiji, la “Era del Reinado Ilustrado”.

Su madre era una geisha de pies ligeros y de moralidad propia de su profesión de mujer pública. De esa unión ilegítima nació Toyohiko. A los cuatro años de edad perdió a sus padres y fue llevado con una hermanita mayor al hogar de sus antepasados en Awa, y confiado al cuidado de la esposa que su padre había abandonado y al de la abuela. En aquel viejo caserón señorial pasó su infancia, triste, solitario, desprovisto de cariño, maltratado a causa de cualquier insignificancia, contemplando la hipocresía de las clases altas de Japón y el sufrimiento intenso de los desheredados y de los trabajadores del campo.

De allí paso a una casa de estudios en Tokushima, donde entró en contacto con el cristianismo, resultado de lo cual se convirtió al Evangelio. Algún tiempo después ingresó en uno de los seminarios protestantes fundado por las misiones extrajeras, el Seminario Teológico Kobe.

Un día de la Navidad de 1909, habiendo ya renunciado a los privilegios de la aristocracia por abrazar la fe cristiana, escuchó el llamamiento que pasaba de la verdad a la piedad, el cual venía de los tugurios de los barrios bajos. Allí donde nadie bien considerado en la sociedad se atrevía a poner los pies, recinto de criminales y prostitutas, ciudad maldita de casas de juego y corrupción, marchó Toyohiko abandonando su cómoda residencia en el seminario. Cogió sus pocas pertenencias e hizo entrada solo y silencioso en los barrios bajos de Shinkawa. Se estableció es un cuartucho cuyas paredes estaban manchadas de sangre; se había cometido un crimen en aquel lugar y las gentes supersticiosas huían de allí. Su plan era hospedar a los leprosos, a las pobres mujeres de la calle, a los tahúres de conciencia entenebrecida, a las madres abandonadas y a los niños desnudos y hambrientos. Allí quiso escribir con los propios actos de su vida abnegada y vibrante una versión del Sermón del Monte. Por le llegaron a conocer como el “santo de Shinkawa”.

Comenzó su empresa contando únicamente con el ingreso mensual de cinco dólares y medio. Su tarea fue agobiadora. Carecía de amigos influyentes. Por otra parte, debía luchar contra la sólida muralla de la inercia y de la indiferencia. Pero no se limitó a su trabajo personal en favor de los necesitados sino que inició un movimiento popular cuyas consecuencias han sido aún mayores de lo que él podía imaginar. Recorrió el Imperio y desde la tribuna defendió su casa; bombardeó la prensa con artículos que describían gráficamente casos concretos, exhibiendo los resultados de sus estudios de primera mano y demostrando que la sordidez moral de los barrios bajos era fruto de su espantosa situación de desamparo y consecuencia del pecado social de la nación.

Fue a los Estados Unidos para mejorar su formación. Estudió en el afamado Princeton Theologcial Seminary (1914-16). A su regreso, prosiguió su batalla sin cuartel contra aquel estado de cosas. Sus novelas y sus libros sobre temas sociológicos, así como sus poemas, inundaron el país, alcanzando gran popularidad.

Al fin su pensamiento encarnó en la conciencia del pueblo. Fue el líder de movimientos gremiales de gigantescas proporciones. Los obreros de las ciudades y los campesinos le hicieron su jefe y su héroe; fue encarcelado varias veces (por su oposición pacifista a la 2ª Guerra Mundial) y durante muchos años fue objeto de la más rígida vigilancia por parte de la policía. No obstante, en las esferas del Gobierno comenzó a comprenderse sus propósitos y apreciarse su obra. En diferentes oportunidades fue requerida su colaboración en campañas oficiales. Durante la tarea de reconstrucción que siguió al terrible terremoto de 1923, que destruyó las dos terceras partes de la capital, as´^como el puerto de Yokohama, prestó valiosísimos servicios a su nación.

En 1926 el Gobierno, movido por las palabras y escritos de Kagawa, se decidió a extirpar los barrios bajos de las más grandes ciudades del Imperio. Diez millones de dólares se dedicaron a este fin. Las viviendas horrorosas de Shinkawa ya no existen; los barrios incubadores de crímenes han desaparecido. Las celdas han sido reemplazadas por casitas construidas de acuerdo a los cánones de arquitectura moderna. Los niños tienen escuelas y personas que se preocupen por ellos. El vicio es combatido incesantemente.

Sería injusto hacia muchas otras personalidades sociales del Japón atribuir todo este cambio a la exclusiva labor de Kagawa, pero es más que necesario señalarle a él como el iniciador heroico del movimiento.

Fue un místico y un asceta, un pacifista y emancipador de los pobres; un gran cristiano y un prominente líder de la Iglesia. Estableció iglesias, misiones, guarderías, escuelas cristianas; predicó extensamente por toda la nación, y ññevó a unas 225.000 almas a los pies pies Cristo.

Después de su muerte fue galardonado con el segundo más alto honor de Japón, la inducción en la Orden del Tesoro Sagrado. La Iglesia Evangélica Luterana en América le conmemora el 23 de abril como un renovador de la sociedad; y la Iglesia Episcopal (EE.UU.) también le honra con un día de fiesta en el calendario litúrgico.

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