Cipriano De Cartago

Cipriano De Cartago
Obispo de Cartago. Se distinguió por su defensa de la unidad de la Iglesia y por su oposición al bautismo administrado por herejes. Procedía de una influyente familia pagana, en su juventud se opuso decididamente al cristianismo por considerarlo un peligro para la unidad del Imperio Romano. Pero en el proceso de prepararse para combatir la fe cristiana acabó por sentirse atraído por lo que antes no conocía y convertirse a Cristo, rondando ya los 40 años de edad.

Hombre muy instruido y buen orador, fue nombrado obispo de una iglesia que estaba sufriendo una severa persecución bajo el emperador Decio. Cipriano huyó de Cartago para escapar de la persecución, pero esto lo dejó en mal lugar para tratar después con el grupo más rigorista de la Iglesia, los cuales exigían que no se admitiese a penitencia pública a los llamados en lat. traditores,en su doble acepción de entregadores (de los libros religiosos) y traidores (dando alguna muestra exterior de adhesión al culto pagano, aunque sólo fuese quemando un grano de incienso en adoración del emperador). Cipriano no estaba de acuerdo con los rigoristas y, en esto, tenía toda la razón.

Cipriano escribió, en buen latín, numerosos libros, aunque no tantos como Agustín de Hipona. En las iglesias de África existía la costumbre de rebautizar a los herejes cuando éstos volvían a convertirse de la herejía. Esta norma, que llegaron a confirmar 71 obispos en el sínodo de Cartago el año 256, se basaba en la suposición de que la validez de un sacramento depende del estado de gracia del ministro que lo administra. El obispo de Roma reaccionó violentamente contra esa decisión, prohibiendo severamente la repetición del bautismo y amenazando con la excomunión a los obispos africanos, pero Cipriano, lo mismo que los demás obispos de África, siguió defendiendo y practicando lo decidido en el sínodo del 256, con lo que, efectivamente, cesó la comunión con el obispo de Roma. El estado de la cuestión cambió repentina e inesperadamente, pues Esteban fue desterrado de Roma y murió de muerte natural el año 257. Su sucesor, Sixto II (257-258), era de carácter más conciliador y entabló de nuevo relaciones de mutua comunión con Cipriano y los demás obispos del área de Cartago. Poco después, Cipriano moría como mártir de Cristo en la persecución de Valeriano (253-260)

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