Araujo Garcia, Adolfo

Araujo Garcia, Adolfo
N. en Santander (España), mientras su padre, Carlos Araújo (v.), era maestro de la escuela evangélica local. Poco después la familia se trasladó a Zaragoza, ciudad en la que pudo crecer y educarse. Tras el bachillerato, empezó derecho, pero obligaciones materiales le trasladaron a Madrid a los veintiún años, cuando sólo le faltaba el último curso de la carrera, pasando a trabajar en las oficinas de Sociedad Bíblica (entonces Británica y Extranjera) en la capital española (1900). A partir de 1916 fue el primer agente español de la misma. Antes y después de su ascenso se distinguió por la organización de las Conferencias de Colportores que en ocasiones incluían a los portugueses. También le debemos a él las primeras ediciones de la Biblia en papel indio y el Nuevo Testamento en párrafos y epígrafes. A la causa bíblica en España dedicó toda su vida y al justo y emocionado reconocimiento del trabajo de los colportores, lo más lírico de vena literaria, lo quele fue reconocido en el homenaje que, patrocinado por la revista Constancia, le ofrecieron todos los evangélicos españoles, con ocasión de su jubilación (1950).

En medio de sus múltiples tareas burocráticas y numerosos viajes, naturales exigencias de su cargo, supo encontrar tiempo para poner sobre sus menudos hombros gran parte de la organización y oratorio de las repetidas campañas pro Libertad de Cultos (como la de 1910-12), sembrar de colaboraciones la prensa evangélica, mandar artículos a los diarios seculares (como La Libertad de Madrid) y publicar folletos y libros como La religiosidad española y los problemas nacionales (1911), El español y la religión (1928), Cristiandad (1928), Un tesoro escondido (tras la guerra civil española) y La fe evangélica (1950).

Además del dolor de ver desecho su hogar por causa de la guerra, con dos hijos muertos, uno de ellos no en acción de guerra, sino por inhumano fusilamiento, sin formación causa, A. sufrió en su carne los efectos de la intolerancia religiosa cuando representantes del nuevo gobierno del general Franco acudieron con un camión a confiscar las existencias de la Sociedad Bíblica establecida en la calle Flor Alta (Madrid), y tuvo que entregarles todas las Biblias y porciones visibles en el piso, en la tienda y depósito superior, mientras que de pie sobre una esterilla que ocultaba la tapa que cubría la escalera de acceso a los sótanos del edificio oraba en su corazón que Dios cegara a los enviados para que no se fijasen en lo que tenía debajo de los pies. Así ocurrió, por lo que pudo proveer clandestinamente, aunque no sin riesgos, a los creyentes e iglesias de España de ejemplares de las Escrituras en los años más difíciles del régimen fascista-católico-romano.

En 1951 fue ordenado presbítero de la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE), a la que de esta forma pudo seguir sirviendo, como desde su llegada a la capital durante el último lustro de su vida. José Flores (v.) le sucedió en el cargo de la Sociedad Bíblica.

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