Abelardo, Pedro

Abelardo, Pedro

Filósofo y teólogo francés, nacido en Pallet, cerca de Nantes, 1079 y muerto en el convento de Saint Marcel, Chalon-sur-Saòne, 1142. Enseñó filosofía en diversas localidades de Francia y en 1113 abrió su propia escuela en París. Se le considera el iniciador de la lógica medieval, convertida en su gran arma, que dirigirá contra sus propios maestros. El trágico fin de sus amores con su alumna Eloísa le impulso a profesar los votos religiosos en 1118, acontecimientos que le inspiraron sus Cartas a Eloísa, de gran valor literario, y su autobiografía Historia Calamitatum mearum.

Divulgador de método escolástico, defendió la doctrina de los “universales”, que afirma que estos han de entenderse como nombres de significado y que la relación entre la significación y lo significado se produce por “conveniencia” entre vocablos y entidades. Abelardo es un dialéctico hasta el límite que cree firmemente en la fuerza de la razón, como se manifiesta en su obra Dialéctica (1121). Siguiendo su propio criterio, no deja de volver sobre sus propias tesis para seguir desarrollándolas. Abelardo no decía como Anselmo, “cree para comprender”, sino “comprende para creer”, pues para él la razón era una revelación interna y permanente que ilumina “a todo hombre que viene a este mundo” (Jn. 1:9), muy en línea con la escuela de Alejandría. La razón, como sabiduría del Verbo que se comunica universalmente, había guiado a los sabios de la antigüedad, en un verdadera “preparación evangélica”. El Verbo de Dios en cuanto sabiduría (Sofia) y lógica (Logos) y tiene también su lugar entre los amigos de la sabiduría o filósofos, aunque corresponda al Evangelio la revelación plena de la verdad divina.

Su primer escrito teológico fue De unitate et trinitate divina, compuesto entre 1118 y 1121, fue condenado por la Iglesia en los concilios de Soissons (1121) y de Sens (1141), y obligado a echar a la hoguera con sus propias manos en Soissons. En él intentaba explicar, mediante los procedimientos de la dialéctica, el dogma trinitario. El Padre, decía, sería el poder, el Hijo la sabiduría y el Espíritu Santo el amor, lo que resultaría que las tres personas no serían más que tres atributos de Dios. Su comentario a la epístola a los Romanos le acerca al análisis y discusión suscitados posteriormente en la teología sobre la gracia y la redención de Cristo. Para él la teología tiene como objeto principal la Escritura, que conoce bien.

Su famoso Sic et Non (1122) recoge textos bíblicos y patrísticos acerca de ciento cincuenta cuestiones importantes de la teología, que sobre un mismo punto unos dicen sí y otros no. Este método, seguido de manera sistemática, vino a ser el procedimiento de la teología escolástica, que servía para plantear los problemas con vigor y a rebasar las cuestiones de palabras o de mentalidades. Comienza en la duda, porque solamente la duda promueve la investigación y sólo la investigación conduce a la verdad —dubitando enim ad inquisitionem venimus; inquirendo veritatem percipimus.

Abelardo es además grande moralista del siglo XII, a él se debe el primer escrito medieval con el título de ética: Ethica seu scito teipsum (Ética o conócete a ti mismo, 1129). En él trata del pecado como ofensa a Dios en lo que tiene de intención y no sólo de acción material. “Es un ejemplo de moral existencial o de la intención, en contraposición a la moral teleológica de las virtudes o la moral deontológica de los mandamientos” (Marciano Vidal, DET). Para él, donde falta la voluntad de infringir la ley no hay pecado. Y una acción puede ser bueno o mala según la intención de la que procede. Así, es impropio llamar pecado a la ignorancia en que están los infieles, y las consecuencias que surgen de tal ignorancia de la verdad cristiana: no se puede tener por culpa no creer en el Evangelio y en Cristo en aquellos que no han oído nunca hablar de él.

Adelantado a su tiempo tuvo que pagar el precio de convertirse en sospechoso de herejía debido a su énfasis en la razón, que pareció tan normal a los teólogos del siglo XIII.

AUTOR TRANSCRITO O CITADO EN “El Tesoro de David” DE C. H. SPURGEON

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