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Henri.Irénée Marrou

 
Fechas:
(1904-1977)

Obras Disponibles:



Obras publicadas por otras editoriales:
H.I. Marrou, El conocimiento histórico (Barcelona 1968); Teología de la historia (Rialp, Madrid 1978); ¿Decadencia romana o antigüedad tardía? Siglos III-IV (Rialp, Madrid 1994).

Datos Biográphicos:
Historiador católico francés, catedrático de Historia del Cristianismo en La Sorbona. En uno de sus primeros ensayos, De la connaissance historique puso de manifiesto el valor de la ciencia histórica y, a la vez, sus límites: la relatividad de todo conocimiento que versa sobre el pasado. La crítica a la filosofía de la historia, tal y como la entendió Hegel. La pretensión hegeliana de dar una explicación omnicomprensiva del significado total de la historia, se le aparece a Marrou como una ambición ilusoria, autoeganañadora, capaz de mantenerse en vida sólo gracias a una constante y brutal simplificación. Ideas que reaparecen en su obra de madurez, Théologie de l’histoire (1968). La historia es para él “una lección de humildad”. “El historiador mide a cada paso la inmensidad del saber que le sería necesario y que la condición humana le impide alcanzar. Para conocer verdaderamente en su totalidad, en su plenitud, la historia humana, haría falta ser un dios, haría falta ser Dios” (Teología de la historia, I,4).

Su tesis doctoral, San Agustín y el fin de la cultura antigua, se publicó en 1937. Su obra fundamental es Historia de la educación en la antigüedad (1938). Publicó, entre otras obras, Patrística y humanismo (1976) y, póstumamente, ¿Decadencia romana o antigüedad tardía? Siglos III-IV.

La ideas de Marrou sobre la escatología desde la perspectiva agustiniana de la historia es un aporte importante a teología. Frente a J. Weiss, A. Scheitzer, M. Werner, R. Bultmann, C.H. Dodd, Marrou se pronuncia por una “escatología inaugurada”, o mejor, escatología en vías de realizarse. La escatología, dice, está siempre ahí, ante cada uno de nosotros, en nuestro horizonte inmediato. Cada civilización, cada generación de hombre, al igual que cada hombre vivo, tienen que reconocer que su último día, su único día, es para ella y para él, el último Día. Esos años que se nos dan para trabajar en la viña del Señor; esos caños despilfarrados en el pecado; esos años de madurez en la gracia; cada año, en suma, se hacen más verdaderas literalmente las palabras del apóstol: “Nuestra salud está ahora más cerca que cuando creímos” (Ro. 13:11).

El tiempo que vivimos es ya propiamente un tiempo mesiánico. Con Pentecostés ha comenzado la efusión del Espíritu prometido por los profetas. Es además, tiempo de las pruebas, de las contradicciones, de las persecuciones de toda clase, tiempo de la constancia, de la fidelidad heroica.

El último Día, lo escatológico, no es sólo un momento en la cadena del tiempo, un día determinado de un año que aportaría una cifra más a la era según la que estructuren los tiempos los historiadores de esa época. Es también la culminación total de los designios de Dios sobre su criatura. Pero, aunque esa culminación no llega hasta ese Día clave, resulta falso imaginar que todo está reservado a ese futuro: en realidad, esa culminación acompaña y sostiene el desarrollo de la duración histórica, está presente en ella y recoge el fruto de toda lágrima y de todo aliento de amor. Es todo el tiempo el que aparece revestido de una calidad escatológica (Teología de la historia, II,19-25).

La espera escatológica en vía de realizarse no inhibe al cristiano de su compromiso social, sino que lo fundamenta en el sentido real de la justicia que anima la historia, categoría absoluta de Dios. De manera original, Marrou sostiene que el punto de partida para la acción política del cristiano es el carácter in-soportable, in-tolerable del mal: disminuir el sufrimiento, la injusticia, el pecado, es para nosotros, una vez que hemos percibido que esa disminución puede conseguirse, un deber imperioso que no tolera ni la indiferencia, ni la desidia. Cierto tipo de espiritualidad cristiana ha descuidado la categoría de la eficacia temporal, histórica, de la “sal evangélica”.

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